Realidad de las fincas patrimoniales de Guadalajara, para muestra un botón (o tres): “El Roxy”, la “Casa Baeza Alzaga” y “el Palacio de las Vacas”. Parte 3, “El Palacio de la Vacas”.

La casa conocida como “El Palacio de las Vacas” está ubicada en la calle de San Felipe # 630, misma que fuera conocida a principios del siglo XX como “Paseo Filipense”, fue construida a finales del XIX en los terrenos de lo que fuera el “Teatro de la Unión” por órdenes de don Segundo Díaz, quizás primo del para ese entonces presidente Porfirio Díaz, concluyéndose las obras en el año de 1910. Se comenta que el exmandatario visitó en varias ocasiones nuestra ciudad, quedándose como huésped en esta finca, pero no hay manera de comprobarlo y de hecho la comparación de fechas nos podría indicar lo contrario.

De estilo ecléctico mayormente de conformación clásica italiana y de arcos neomoriscos, se componía de veinticuatro habitaciones, dos cocinas, diez baños, dos comedores, cuatro patios y una capilla, en los cuales más de trescientos metros cuadrados de aplanados se encuentran muralizados por Xavier Guerrero.

El pintor coahuilense quien aprendiera la técnica del fresco gracias a su padre, se mudó a Guadalajara para realizar dicha empresa en el año de 1912 con tan sólo 15 años de edad, trabajó ininterrumpidamente en la casa hasta el año de 1919 cuando se mudó a la Ciudad de México, aunque algunos mencionan que terminó de pintar los murales de la casa hasta el año de 1923, pero esto solo pudo haber sido  posible si Guerrero hubiera regresado reiteradamente a la capital tapatía entre uno y otro de los trabajos que realizaba junto con Diego Rivera,  José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, entre otros, hasta el año de 1927 en el que se mudara a la Unión Soviética para asistir a la Universidad Estatal de Moscú.

Cabe recalcar que los frescos que decoran “El Palacio de las Vacas” son tempranas  obras del Muralismo Mexicano, además de ser una de las pocas muestras del trabajo individual de Xavier Guerrero, junto con las de  la Universidad Nacional Autónoma de Chapingo, ya que usualmente trabajaba en colaboración con otros pintores, razones por las cuales estos murales son un importante eslabón de la ya antes mencionada escuela muralista.

Años después, Segundo Díaz le vendió la propiedad a su hermano Miguel, quien en algún tiempo pusiera en la huerta de atrás una lechería, por lo que las vacas deambulaban por los pasillos de la casa, de allí que vecinos y curiosos le pusieran tan singular apodo.

Después de eso la finca cambió muchas veces de propietario y de uso, fue entre otras cosas escuela primaria, secundaria, tapicería, carpintería, teatro y se rumora que también fue burdel. En los años cuarenta fue rentada a la primera universidad femenil de Guadalajara, el Colegio Sor Juana Inés de la Cruz de la UAG. Uno de los usos que más modificó y dañó la casa fue el de escuela, pues se colocaron muros divisorios en los murales, los cuales se perdieron.

Su antepenúltima propietaria quiso derribarla y convertir el solar en estacionamiento, y debido a la negativa por parte del ayuntamiento en turno, ella mandó tapar los bajantes pluviales intentando que colapsaran sus techos, pero el palacio no cedió y sólo logro dañar enormemente los frescos y el estado general de la casa. Sin lograr su cometido decidió venderla.

La siguiente propietaria fue una señora de San Francisco, California, llamada Alexandria Muir, quien mandó destapar los bajantes de agua e invirtió un poco de dinero en su restauración, pero jamás se vino a vivir a México y por lo tanto la finca sólo siguió deteriorándose. En el año de 1998 le vendió la casa al norteamericano  John A. Davis originario de Georgia, Atlanta, quien vendió todos sus bienes para poder adquirirla.

Él decidió rescatar la finca, que para ese entonces se encontraba en un deplorable estado,   con muros adosados y otros derribados, grafitti en sus muros y murales, inclusive cuentan que una mujer pintada en uno de ellos tenía rayados unos bigotes, muchísimas humedades y daños originados por las vibraciones de los autobuses que transitan por San Felipe. Con la ayuda de María Cristina Cueva y Mónica Pérez ha reparado los baños, restaurado la capilla y muchas otras acciones que la verdad se le notan, pero aún son insuficientes.

El costo de una restauración decente oscilaba hace ya varios años en los 400 mil dólares, los cuales no han podido ser reunidos. Buscando apoyo de las autoridades con toda la intención de trabajar en conjunto con ellos, John Davis sólo logró que la Secretaría de Turismo le permitiera hacer recorridos turísticos de manera continua (que daba Mónica y que ya casi nunca se programan), de hecho, un tiempo funcionó como cafetería, de la cual lograban obtener algunos recursos.

La casona y sus murales al ser posteriores a 1900, en teoría debieran estar bajo supervisión del INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes), pero como la institución no tiene ninguna delegación en la segunda ciudad más grande del país, su tutela le tocaría a la Dirección General de Patrimonio de la Secretaría de Cultura, sin embargo, hasta el momento  ninguna de las dos instituciones se ha interesado en apoyar al propietario.

Actualmente la finca se renta para sesiones fotográficas y eventos como bodas, los cuales se realizan en un ambiente místico generado por ese aire viejo que circula por la casa, propiciado por los murales y un sinfín de antigüedades que Davis compró cuando el ayuntamiento le prometió ayudarlo a convertirla en un hotel – museo.

La ECRO (Escuela de Conservación de Occidente) institución que en el 2012 realizara el diagnóstico de conservación de los murales accedió a restaurarlos, pero el dueño debería de pagar los materiales, desgraciadamente esto no ha sido posible.

Es increíble, pero históricamente recurrente, que un extranjero esté mucho más interesado en rescatar nuestro patrimonio que nuestros gobernantes y sociedad en general, John aseguró en una entrevista: “En mi niñez fui muy pobre, mi casa no tenía piso. En una ocasión soñé con una casa con puerta de hierro, pinturas y arcos. Esta casa es la casa de mis sueños”.

A continuación debería escribir una conclusión que englobara mi opinión sobre la realidad de las fincas patrimoniales en nuestra ciudad, para eso, en estas tres entregas del texto pudimos conocer la historia de un cine de los años treinta, en manos privadas que han intentado seguir difundiendo la cultura, pero que desgraciadamente, más que apoyo su dueño ha encontrado trabas por parte de las autoridades. También hablamos sobre una finca de género habitacional “protegida” por el INAH, propiedad del gobierno tapatío, la cual ha corrido igual o peor suerte que las casonas abandonadas de las que de sus dueños no se sabe nada. Por último hablamos de un “Palacio” que en sus muros contiene un importante eslabón en la historia del arte en México y que poco ha hecho el INBA y las autoridades locales por conservar.

Reflexionando un poco, más que emitir un juicio o una opinión sobre el tema con ideas que creo son muy obvias, solo te quiero invitar a preocuparte por conocer mejor tu ciudad y su historia, a involucrarte en cuidar su patrimonio y a exigir a las autoridades que lo conserven, que no lo dejen perder y que nos ayuden a descubrir quiénes somos.

Si quieres empezar a hacerlo, una muy buena opción es reunir un grupo de diez personas y programar un tour privado a “El Palacio de las Vacas” o estar al pendiente para asistir a alguna de las actividades que se realizan ahí (puedes buscar más información en https://www.facebook.com/pages/El-Palacio-De-Las-Vacas/370225173017914?fref=ts ).

19 de julio de 2015. Arq. Alberto Avilés

Fotografías: Arq. Alberto Avilés

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