De las Obras del Parque Rojo

El “Parque” Revolución mejor conocido como “Parque Rojo” fue construido en la tercer década del siglo XX en los terrenos de lo que fuera la prisión de Escobedo, siendo inaugurado el 28 de febrero de 1935 y proyectado por  Juan José y Luis Barragán.

En ese entonces el área verde contaba con una gran fuente (en lo que hoy es el arroyo vehicular de avenida Vallarta), la cual se convertía en dos pequeños estanques simétricos, esta, obviamente fuera retirada cuando la avenida se abrió a la circulación de automóviles.

Otra de las más grandes intervenciones que sufrió este espacio, fue en el año de 1992, cuando con el fin de crear un ingreso al tren ligero, más grande, más funcional y propio de un transbordo de línea, se construyó la estación subterránea Juárez II, obra del arquitecto Fernando González Gortázar, la cual conecta la línea uno del tren ligero con la dos, misma que emerge a la superficie mediante dos edificios escultóricos con forma de prismas irregulares de gran escala, recubiertos hasta inicios de este año por mármol.

Sería muy complicado enumerar todos los demás cambios que el parque ha sufrido, especialmente para alguien como yo, que toda su vida lo ha conocido tal y cual se encontraba hasta este año, para hacerlo debería realizar una investigación formal, reunir testimonios, planos, fechas de obras, etcétera.

Pero al investigar tan solo un poco, es muy fácil darnos cuenta que esa romántica idea del parque diseñado por Luis Barragán coautor de la plazoleta del Salk Institute junto con el arquitecto Louis I. Kahn, ya no es tan cierta, pues el parque  no es para nada lo que fuera en el ahora lejano 1935, está muy “manoseado”. Es muy fácil entender  que si alguna vez presumimos: “tenemos un parque diseñado por el único premio Pritzker mexicano”, estábamos diciendo una gran mentira. Claro que se conservan muchos elementos originales, pero en general ese conjunto ya no era diseño de nadie, era un cúmulo de parches y obras menores, unas con infinita mejor calidad arquitectónica que otras.

Este año comenzó a realizarse la primer etapa (de dos) de la “remodelación” del parque, la cual incluyó un área de juegos infantiles con muros perimetrales, dos fuentes y la creación de una serie de caminamientos y áreas de uso rudo, donde se podrán practicar un sinfín de actividades sin dañar las áreas verdes como ocurría anteriormente.

El proyecto arquitectónico fue realizado por Juan Palomar Verea, destacado arquitecto tapatío, líder de opinión en temas de ciudad y miembro fundador de la Asociación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán A.C.

Pero este proyecto tuvo algo muy singular, pues no fue realizado para enaltecer el ego de su creador, sino que pretende reformar el espacio para recrear lo que los ingenieros Barragán idearan en el siglo pasado, logrando ser avalado y autorizado tanto por el Instituto Nacional de Bellas Artes como por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, pues pretenden que el parque pueda ser dado a conocer a nivel Internacional como obra de Luis Barragán.

La primera etapa de dicho proyecto ha sido terminada, más aun no es entregada al ayuntamiento (la razón no ha sido aclarada, sólo se comentó que faltaban algunos detalles por terminar), pero ya es posible visitarla, utilizarla y fotografiarla, además sólo basta dar una rápida búsqueda en internet para lograr encontrar  fotografías de diferentes ángulos de cómo era dicho parque antes de ser tan modificado, entonces lograríamos hacer una comparativa de ambos trabajos realizados con ochenta años de diferencia, justo como lo realicé hace algunos días.

Como arquitecto y miembro de la sociedad agradezco infinitamente que se realicen obras en un espacio público tan concurrido como este, pero indagando un poco en teoría de la restauración y conservación de sitios históricos, podemos vislumbrar dos grandes corrientes o formas de llevar a cabo proyectos de dicha especialidad. La primera respeta ampliamente la obra real, más que una reconstrucción es una conservación, no rehace, sólo consolida, como las obras de conservación del Partenón, que no se ha intentado volver a techarlo

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, sino tan sólo conservar las piezas donde están y no intervenirlas de forma invasiva.

La segunda reconstruye y regresa al resplandor de sus inicios obras que ya no son lo que fueron, como las obras de restauración del ex convento de Santo Domingo en Oaxaca, Oaxaca, que lo dejaron como nuevo, quizás más dorado que en sus inicios.

Lo anterior lo escribo no a manera de reproche, pero sí quiero aclarar, que por más que las obras recién realizadas acaten al pie de la letra los planos casi centenarios, se utilicen técnicas constructivas de la época y además se aplique un criterio arquitectónico bastante bueno para decidir qué hacer cuando árboles y otros elementos impidan realizar el proyecto exactamente como fuera hace ochenta años y encontrarle espacio a distintos tipos de usuarios que antes no existían. Las obras que se acaban de realizar más que un proyecto de conservación son un proyecto de reinterpretación y reconstrucción, materializan un tributo a lo que fuera el parque creando  un “revival” del funcionalismo barraganiano. Además de ser un muy buen ejemplo de cómo nuestra ciudad debiera respetar su patrimonio, cuidarlo, recordarlo y sobre todo apropiarse de él.

29 de junio de 2015. Arq. Alberto Avilés

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